“Las nadadoras” (2017-2018) es un proyecto realizado durante las clases semanales de natación de un grupo de adultxs mayores. En esa etapa de la vida que tendemos en nuestro imaginario a asociar con un detrimento del cuerpo, la autonomía, los deseos y el placer, estas imágenes adentradas en la cotidianidad del natatorio intentan volver a la fluidez. A los cuerpos descubiertos que se animan a volver a aprender algo nuevo mientras regresan a lo que es nuestro estado más primitivo: flotar en el agua.
–
Así como el viento erosiona, el fuego
arrasa y la tierra
crece o se seca marchitándose,
el agua también le da tiempo a las cosas.
como cuando de niños
nos enseñaban que ya
era hora de salir de la bañadera
cuando las yemas de los dedos se arrugaban.
En el momento que
un cuerpo se sumerge,
también el agua a su alrededor
hace arrugas
pequeñas ondulaciones,
como una multitud de olas en miniatura
distorsionan el fondo.
El cuerpo deja de ser
materia fija y concreta,
la piel
entra despacio
y no sabe dónde empieza el borde,
se deja llevar.
Hay un pozo de cemento
y ventanas por las que a veces
logra entrar
luz
en un espacio delimitado
en medio del movimiento de la ciudad
olor a cloro
silencio
tiempo y
ruido de cuerpos con agua
que por un rato quieren volver a flotar.
El agua está calma.
Las yemas de los dedos
continúan lisas.
Y pienso en envejecer
como si fuera meterse al agua,
esperar
a que el cuerpo se aclimate
hacer la plancha
mirando hacia arriba con vista empañada
y sentir el cuerpo
un poco
más liviano.
Las Nadadoras
+ texto
“Las nadadoras” (2017-2018) es un proyecto realizado durante las clases semanales de natación de un grupo de adultxs mayores. En esa etapa de la vida que tendemos en nuestro imaginario a asociar con un detrimento del cuerpo, la autonomía, los deseos y el placer, estas imágenes adentradas en la cotidianidad del natatorio intentan volver a la fluidez. A los cuerpos descubiertos que se animan a volver a aprender algo nuevo mientras regresan a lo que es nuestro estado más primitivo: flotar en el agua.
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Así como el viento erosiona, el fuego
arrasa y la tierra
crece o se seca marchitándose,
el agua también le da tiempo a las cosas.
como cuando de niños
nos enseñaban que ya
era hora de salir de la bañadera
cuando las yemas de los dedos se arrugaban.
En el momento que
un cuerpo se sumerge,
también el agua a su alrededor
hace arrugas
pequeñas ondulaciones,
como una multitud de olas en miniatura
distorsionan el fondo.
El cuerpo deja de ser
materia fija y concreta,
la piel
entra despacio
y no sabe dónde empieza el borde,
se deja llevar.
Hay un pozo de cemento
y ventanas por las que a veces
logra entrar
luz
en un espacio delimitado
en medio del movimiento de la ciudad
olor a cloro
silencio
tiempo y
ruido de cuerpos con agua
que por un rato quieren volver a flotar.
El agua está calma.
Las yemas de los dedos
continúan lisas.
Y pienso en envejecer
como si fuera meterse al agua,
esperar
a que el cuerpo se aclimate
hacer la plancha
mirando hacia arriba con vista empañada
y sentir el cuerpo
un poco
más liviano.