Un diario fotográfico sobre Isabella, Valeria y Romina, tres hermanas con las que compartí todas las horas y días del 2020. Cuando comenzó el estado de alarma por el Covid-19 me encontraba en su finca en la isla de La Palma (Canarias, España) haciendo un voluntariado y al haber perdido la posibilidad de regresar a mi país, fue allí que pasé todos esos meses. 

El confinamiento en los confines del mundo. La última casa del pueblo antes de llegar al acantilado. veinticinco gatos, cinco ovejas, una cabra sin cuernos, dos perros, tres conejos y luego de sorpresa seis conejos bebés más, tres tortugas, decenas de gallinas, los padres, la abuela, y yo adoptada como una más de la familia. Las cuatro paredes que nos encerraban: el horizonte del mar y la inmensidad del cielo. 

Un pequeño paraíso en el medio del océano en donde el contacto con la naturaleza, el silencio, la observación de una cotidianidad simple, el ritmo de un paisaje repetido y la vida social externa limitada hacen florecer aún más la imaginación mágica de la infancia. La libertad, la inocencia, los juegos y las historias inventadas en las tardes infinitas del verano, que en Canarias no cesa con el pasar de los meses, sino que se extiende grabándose como un archivo continuo de la memoria. 

Estas fotos son sólo un pedazo de esa memoria, un recorte

de un verano, 
de tener tres nuevas hermanas en mi vida,
de una infancia 
en la casa del horizonte.

La casa del horizonte

Un diario fotográfico sobre Isabella, Valeria y Romina, tres hermanas con las que compartí todas las horas y días del 2020. Cuando comenzó el estado de alarma por el Covid-19 me encontraba en su finca en la isla de La Palma (Canarias, España) haciendo un voluntariado y al haber perdido la posibilidad de regresar a mi país, fue allí que pasé todos esos meses. 

El confinamiento en los confines del mundo. La última casa del pueblo antes de llegar al acantilado. veinticinco gatos, cinco ovejas, una cabra sin cuernos, dos perros, tres conejos y luego de sorpresa seis conejos bebés más, tres tortugas, decenas de gallinas, los padres, la abuela, y yo adoptada como una más de la familia. Las cuatro paredes que nos encerraban: el horizonte del mar y la inmensidad del cielo. 

Un pequeño paraíso en el medio del océano en donde el contacto con la naturaleza, el silencio, la observación de una cotidianidad simple, el ritmo de un paisaje repetido y la vida social externa limitada hacen florecer aún más la imaginación mágica de la infancia. La libertad, la inocencia, los juegos y las historias inventadas en las tardes infinitas del verano, que en Canarias no cesa con el pasar de los meses, sino que se extiende grabándose como un archivo continuo de la memoria. 

Estas fotos son sólo un pedazo de esa memoria, un recorte

de un verano, 
de tener tres nuevas hermanas en mi vida,
de una infancia 
en la casa del horizonte.